Cada cierto tiempo me gusta visitar otros blogs, tomarme mi tiempo en leerlos (algunos los he podido leer completamente) e irlos incorporando al listado de este blog.
Hace días me topé con un blog dedicado a alguien donde le daban un plazo para develarse, pero no voy a escribir sobre eso.
Lo que más me llamó la atención fueron los comentarios de los diferentes posteos. Entre esos comentarios había unos poquísimos con defensas muy bien estructuradas, muy bien expuestas.
Entre aquellos poquísimos estaban los de una persona que, cuando recién empecé a escribir mis primeros posteos por
Mayo, hizo justamente lo que ahora censura.
Comentario tras comentario exponía como “malo” exactamente lo que él hizo, era como si tuviera amnesia, amnesia total.
Y lo hacía con una fuerza y vehemencia que conmovían, en el sentido de observar que no se daba cuenta de sí mismo ni de su actitud.
Eso me hizo reflexionar en lo siguiente:
¿Por qué somos tan contradictorios? ¿Por qué somos ciegos cuando de ver las cosas del otro se trata? ¿Por qué aplicamos la ley del embudo con tanta soltura?
Si alguien escribe algo con lo cual, a primera vista no concordamos, inmediatamente se hace uso de todo el arsenal intelectual para hacerle saber lo mal que está.
Ni siquiera se nos pasan por la cabeza las preguntas: ¿Habré entendido su punto de vista? ¿A lo que se refiere es lo mismo que yo creo que es?
Si, en cambio, somos nosotros los que hacemos mal, todo cambia. Somos indulgentes, ya la cosa no es tan grave. Tenemos mil y una excusas, motivos, todos buenos… a nuestros ojos, claro.
Es difícil ser
coherente. Es difícil
aplicarnos las mismas leyes y principios que con tanta frialdad (a veces rayando en crueldad) y celeridad aplicamos a otros.
Es difícil salir por un momento del
YO y tratar de entender el
TODOS.
Es difícil pero lo más importante en todo esto es
APRENDER.
Y siempre digo… yo estuve ahí. También he hecho eso y seguramente en el futuro lo haré porque nadie es infalible. No me excluyo de errar. Lo lamentable sería insistir en el error, congraciarse y vanagloriarse en él.
En otras palabras, negarse a aprender… pero claro, para aprender primero hay que darse cuenta que no se sabe.
El gran obstáculo aquí es la “ceguera”.
Esa ceguera que, en algún momento, hemos entendido al darnos cuenta de algo y decirnos: Pero… ¿Cómo no pude ver esto? si estaba ahí, frente a mí!
Esa ceguera que seguramente conocerán cuando al explicar algo, pueden verla en los ojos del interlocutor.
Podrían pasar horas de explicación, ejemplos, revisiones y seguirá repitiendo exactamente su punto de vista (YO) sin considerar ponerse en la visión del otro (TODOS) aún cuando
no concuerde con ella.
Sin embargo eso no impide usar el intelecto de maneras a veces brillantes para explicar, defender y justificar.
Y ojo, que no se trata de concordar con lo del otro sino de COMPRENDER su visión. Se puede concordar o no pero el comprender debe ir primero.
Hablar sin comprender, por muy elaboradas, intelectuales, llenas de referencias históricas, etc. que sean las palabras… ¿Sirve de algo? ¿Qué creen Uds.?
En el momento en que se adquiere la nueva visión, normalmente por experiencia propia y directa, en ese momento llega la comprensión.
Ahí si estamos en otra etapa, listos para aprehender la nueva información.
Particularmente no considero algo deseable la etapa contradictoria pero, al inicio si es necesaria porque llegará un momento en que revises lo que has escrito o dicho y puedas ver las contradicciones. Eso te llevará a reflexionar y avanzar.
Creo también que, siendo esto una gran cadena, así como yo puedo ver personas atravesando etapas de contradicción que yo ya pasé, así mismo hay otros viéndome pasar etapas a mí. Y eso no me parece vergonzoso sino parte del aprendizaje.
Lo que si sería lamentable, repito… es que, después de darse cuenta, por testarudez o vergüenza, buscar justificativos para seguir en el error.
Cuando justamente eso,
seguir en el error, es lo que más daño hace.